Así de sencillo. A veces pasa. A veces uno va, lo más de relajado, pensando en cualquier cosa, en cualquier sincera estupidez de aquellas que se comparten únicamente en la intimidad de los recónditos pasajes del estúpido-cerebro propio. Y ahí, justo cuando uno va pensando en (como diría cierto personaje caleño) como se le mete el agua al coco, PUF! PAM! BLAM!
Pasa que llega una sensación condensada en un par de frases, un simple mensaje. Hace las veces de un sujeto disfrazado de felicidad que te pega de una forma contundente y sin oportunidad de respuesta alguna. Pasa que aunque es completamente evidente que lo único que existe es el presente, que el pasado es tan solo una impresión, llega un trozo de ese pasado y por fin se deja saborear, y durante unos breves momentos... el mundo es simple. Se es repentinamente feliz. Y la felicidad repentina y breve (que debe ser la mejor de las felicidades, desde el fugaz encuentro de un par de amigos hasta el mejor polvo de un par de amantes) radica en una sola cosa:
Que no sean monólogos, sino casi monólogos.
A veces pasa.
A veces pasa.
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