domingo 7 de septiembre de 2008

Diálogos casi Monólogos entre Martha y yo (parte 2)

Sé que ni siquiera la conozco muy bien. Debo saber su nombre, retener fielmente la imagen de su rostro, su cuerpo y su sonrisa. Sé que le gusta la música, quizá como una sensación etérea que contiene al mundo y sus colores en siete sílabas. Conozco levemente algunos de sus gustos y creo, tal vez equivocadamente, compartir sin intención parte de su mundo. Sin embargo e inevitable encontrarme extrañado por esa superficial intersección existencial entre los dos. Tal vez sea así porque es lo único que puedo compartir con usted; brevísimos momentos y esporádicas apariciones suyas, casi con desdén, con esa implícita resignación envuelta en cada uno de nuestros impersonales encuentros. Por supuesto, siempre lo he sabido.
La insensatez de conocer sus misterios me ha llevado a extremos impensables, a intentar desvelar, describir cada parte de su ser con mis palabras, a soñarla incesantemente y a guardar como tesoros los instantes abrumadores en los cuales existo para usted y el resto del planeta no importa, a ofrecerle mi vida entera sin condiciones ni titubeos. Siempre supe que la levísima intersección de nuestras vidas no me llevaría mas allá del inmenso muro que colocan mis temores cuando estoy con usted.
Sabía que mis palabras serían efímeras, que usted las olvidaría sin piedad alguna despues de sonreír al verlas. Conocía el dolor como agujas después de perderla irremediablemente en el profundo mar de mi enajenación. Preveía ya que nuestro insoportablemente leve roce existencial no sería para usted más que cualquier otro incidente. Sin embargo, desde el primer segundo en que la vi, comprendí la victoria de mi locura y decidí entregarle mi vida entera, sin condiciones ni titubeos.